sábado, 18 de julio de 2015

LA CONTEMPLACION - THOMAS MERTON



La oración contemplativa es, en cierto modo, simplemente la preferencia por el desierto, el vacío, la pobreza. Cuando uno ha conocido el sentido de la contemplación, intuitiva y espontáneamente busca el sendero oscuro y desconocido de la aridez con preferencia a ningún otro. El contemplativo es el que más bien desconoce que conoce, más bien no goza que goza, y el que más bien no tiene pruebas de que Dios le ama. Acepta el amor de Dios en fe, en desafío a toda evidencia aparente. Ésta es una condición necesaria, y muy paradójica, para la experiencia mística de la realidad de la presencia de Dios y de su amor para con nosotros. Sólo cuando somos capaces de «dejar que salgan» todas las cosas de nuestro interior, todos los deseos de ver, saber, gustar y experimentar la presencia de Dios, entonces es cuando realmente nos hacemos capaces de experimentar la presencia con una convicción y una realidad abrumadoras, que revolucionan toda nuestra vida interior.
Walter Hilton, un místico inglés del siglo catorce dice en su Scale of Perfection:

"Es mucho mejor ser separado de la visión del mundo en esta noche oscura, por muy penoso que eso pueda resultar, que morar fuera, ocupado en los falsos placeres del mundo… Porque cuando estás en esa noche, te encuentras mucho más cerca de Jerusalén que cuando estás en la falsa luz. Abre tu corazón al movimiento de la gracia y acostúmbrate a residir en esta oscuridad, intenta familiarizarte con ella y encontrarás rápidamente que la paz, y la verdadera luz de la comprensión espiritual inundarán tu alma…"
La contemplación es esencialmente una escucha en el silencio, una expectación. Y también, en cierto sentido, debemos empezar a escuchar a Dios cuando hemos terminado de escuchar. ¿Cuál es la explicación de esta paradoja? Quizá que hay una clase de escucha más elevada, que no es una atención a la longitud de cierta onda, una receptividad para cierto mensaje, sino un vacío que espera realizar la plenitud del mensaje de Dios dentro de su aparente vacío. En otras palabras, el verdadero contemplativo no es el que prepara su mente para un mensaje particular, que él quiere o espera escuchar, sino el que permanece vacío porque sabe que nunca puede esperar o anticipar la palabra que transformará su oscuridad en luz. Ni siquiera llega a anticipar una clase especial de transformación. No pide la luz en vez de la oscuridad. Espera la Palabra de Dios en silencio, y cuando es “respondido”, no es tanto por una palabra que brota del silencio. Es por su silencio mismo cuando de repente, inexplicablemente revelándose a él como la palabra de máximo poder, llena de la voz de Dios.
Pero no debemos aceptar una visión puramente quietista de la oración contemplativa. No es mera negación. Nadie se convierte en contemplativo sencillamente por «oscurecer» las realidades sensibles, y permanecer solo consigo mismo en la oscuridad. En primer lugar, uno que hace eso como un montaje, a propósito, como conclusión de un razonamiento práctico sobre el tema, y sin una vocación interior, sencillamente entra en una oscuridad artificial que se ha fabricado él mismo. No está solo con Dios, sino solo consigo mismo. No está en presencia del Único Trascendente, sino de un ídolo, el de su propia identidad complaciente. Se ve inmerso y perdido en si mismo, en un estado de narcisismo inerte, primitivo e infantil. Su vida es »nada» no en el sentido misterioso, dinámico, en el que la nada del místico es paradójicamente el todo de Dios. Es sencillamente la nada de un ser finito, abandonado a si mismo en su propia trivialidad.
Los místicos Rhenish del siglo catorce tuvieron que luchar contra muchas formas heréticas de contemplación y contra la pasividad de la voluntad propia, arbitraria, de los que abrazaban la forma quietista de oración de una manera sistemática, dedicándose a cultivar simplemente la inercia como si ella fuera, por si misma, suficiente para resolver los problemas. De ésos dice Tauler:
"Estas personas han entrado en un camino sin salida. Confían totalmente en su inteligencia natural y están totalmente orgullosos de ellos mismos al hacerlo. Nada saben de las profundidades y riquezas de la vida de Nuestro Señor Jesucristo. Ni siquiera han formado sus propias naturalezas por el ejercicio de la virtud y no han avanzado en los caminos del verdadero amor. Confían exclusivamente en la luz de su razón y en su falsa pasividad espiritual".
 El problema que entraña el racionalismo es que se engaña a sí mismo en su racionalización y manipulación de la realidad. Hace culto del «permanecer sin moverse”, como si eso en si mismo tuviera un poder mágico para resolver todos los problemas y llevar al hombre al contacto con Dios. Pero de hecho es sencillamente una evasión. Es una falta de honradez y seriedad, una banalidad con la gracia y una huida de Dios. Esto es realmente el “quietismo puro”. Pero, ¿podemos decir que algo semejante existe en nuestros días?
 
El quietismo absoluto no es un peligro omnipresente en el mundo de nuestro tiempo. Para ser un quietista absoluto, uno tendría que hacer esfuerzos heroicos para permanecer sin hacer nada, y tales esfuerzos están más allá del poder de la mayoría de nosotros. Sin embargo, existe una tentación de una clase de pseudoquietismo que afecta a los que han leído libros sobre el misticismo sin entenderlos en absoluto. Y eso los lleva a una vida espiritual deliberadamente negativa, que no es más que una dejación de la oración, por ninguna otra razón que por la de imaginar que, dejando de ser activo, uno entra en la contemplación. Eso lleva en realidad a la persona a estar vacía, sin una vida espiritual, interior, en la que las distracciones y los impulsos emocionales gradualmente los afirman a expensas de toda actividad madura, equilibrada, de la mente y el corazón. Persistir en esta situación de paréntesis puede llegar a ser muy perjudicial espiritual, moral y mentalmente.
 
El que sigue los caminos ordinarios de la oración, sin prejuicio alguno y sin complicaciones, será capaz de disponerse mucho mejor para recibir su vocación a la oración contemplativa a su debido tiempo, dando por sabido que le llegará su momento.
La verdadera contemplación no es un truco psicológico, sino una gracia teologal. Sólo nos viene en forma de un regalo, y no como resultado de nuestro empleo inteligente de técnicas espirituales. La lógica del quietismo es una lógica puramente humana, en la cual dos más dos son cuatro. Desgraciadamente, la lógica de la oración contemplativa es de un orden enteramente diferente. Está más allá del dominio estricto de causa y efecto, porque pertenece enteramente al amor, a la libertad, a los desposorios espirituales. En la verdadera contemplación no hay “razón por la que” el vacío nos deba llevar necesariamente a ver a Dios cara a cara. Ese vacío nos puede llevar de la misma manera a encontrarnos cara a cara con el demonio, y de hecho a veces lo hace. Es parte del riesgo de este desierto espiritual. La única garantía contra el enfrentamiento con el demonio en la oscuridad, si es que podemos hablar realmente de algún tipo de garantía, es simplemente nuestra esperanza en Dios, nuestra confianza en su voz, en su misericordia.
Ha quedado claro que el camino de la contemplación no es de ninguna manera una “técnica” deliberada de vaciarse uno mismo, para conseguir una experiencia esotérica. Es una respuesta paradójica a la llamada de Dios casi incomprensible, lanzándonos a la soledad, zambulléndonos en la oscuridad y el silencio, no para retirarnos y protegernos del peligro, sino para llevarnos a salvo a través de peligros desconocidos, por un milagro de su amor y de su poder.
El camino de la contemplación no es, de hecho, camino alguno. Cristo es el único camino, y él es invisible. El “desierto” de la contemplación es sencillamente una metáfora para explicar el estado de vacío que experimentamos cuando hemos abandonado todos los caminos, nos hemos olvidado de nosotros mismos y hemos tomado a Cristo invisible como nuestro camino. Como dice san Juan de la Cruz:
"Y así grandemente se estorba un alma para venir a este alto estado de unión con Dios, cuando se ase a algún entender, o sentir, o imaginar, o parecer, o voluntad, o modo suyo, o cualquiera otra obra o cosa propia, no sabiéndose desasir y desnudar de todo ello… Por tanto, en este camino, el entrar en camino es dejar su camino; o por mejor decir, es pasar al término y dejar su modo, es entrar en lo que no tiene modo, que es Dios. Porque el alma que a este estado llega, ya no tiene modos, ni maneras, ni menos se ase ni puede asir a ellos… aunque en sí encierra todos los modos, al modo del que no tiene nada, que lo tiene todo".

Esto podría completarse con las palabras que siguen de John Tauler:
"Cuando hemos probado esto en la auténtica profundidad de nuestras almas, nos hace hundirnos y disolvernos en nuestra nada y pequeñez. Cuanto más brillante y más pura es la luz que se derrama en nosotros por la grandeza de Dios, tanto más claramente veremos nuestra nada y pequeñez. En realidad así es cómo podemos discernir la autenticidad de esta iluminación. Porque es el brillo divino de Dios en lo más profundo de nuestro ser, no por medio de imágenes, no por medio de nuestras facultades, sino en las auténticas profundidades de nuestras almas. Su efecto será hundirnos más y más en nuestra propia nada".
Se pueden sacar dos sencillas conclusiones de todo esto. Primero, que la contemplación es la culminación de la vida cristiana de oración, porque el Señor no desea nada de nosotros más que convertirse él mismo en nuestro “camino”, en nuestra “verdadera vida”. Esta es la única finalidad de su venida a la tierra para buscarnos, para poder elevarnos, juntamente con él, al Padre. Sólo en él y con él podemos alcanzar al Padre invisible, al que nadie podrá ver y seguir viviendo. Muriendo a nosotros mismos, y a todas las “maneras”, “lógicas” y “métodos” propios nuestros, podemos ser contados entre aquellos a los que la misericordia del Padre ha llamado a sí en Cristo. Pero la otra conclusión es igualmente importante. Ninguna lógica propia puede conseguir esta transformación de nuestra vida interior. No podemos argumentar que el “vacío” es igual a la “presencia de Dios”, y luego sentarnos tranquilamente para conseguir la presencia de Dios vaciando nuestras almas de toda imagen. No es cuestión de lógica ni de causa y efecto. Tampoco es cuestión de deseo, o de una empresa proyectada, o de nuestra propia técnica espiritual.
Todo el misterio de la oración contemplativa simple es un misterio de amor divino, de vocación personal y de don gratuito. Esto, y sólo esto, consigue el verdadero «vacío», en el que ya nada queda de nosotros mismos.
 
En cambio, un vacío deliberadamente cultivado, para llenar una ambición espiritual no responde en absoluto al concepto de vacío espiritual. Es la plenitud de uno mismo. Tan lleno de sí mismo, que la Luz de Dios no tiene sitio alguno por donde poder penetrar. No hay grieta ni rincón abandonado donde algo pueda encajarse en ese duro corazón, fruto de la autoabsorción, que es nuestra opción de vivir centrados en nuestro propio ser. 
En consecuencia, cualquiera que aspire a convertirse en contemplativo debe pensarlo dos veces antes de ponerse en camino. Quizá la mejor forma de convertirse en contemplativo seria desear con todo el corazón ser cualquier cosa menos contemplativo. ¿Quién sabe?
Pero, naturalmente, tampoco eso es verdad. En la vida contemplativa, ni el deseo ni el rechazo del deseo es lo que cuenta, sino sólo aquel “deseo” que es una forma de “vacío”, que asiente con lo desconocido y avanza tranquilamente por donde no ve camino alguno. Todas las paradojas acerca del camino contemplativo se reducen a ésta: estar sin deseos significa ser llevado por un deseo tan grande que es incomprensible. Es demasiado grande para ser completamente sentido. Es un deseo ciego, que parece un deseo de “la vaciedad”, sólo porque nada puede contentarlo. Y porque es capaz de descansar en la vaciedad, entonces, relativamente hablando, descansa en la vaciedad. Pero no en una vaciedad como tal, en una vaciedad por si misma. Realmente no existe tal entidad como pura vaciedad, y la vaciedad meramente negativa del falso contemplativo es una “cosa”, no la “nada”. La «cosa” que se reduce a la oscuridad misma, de la cual todos los demás seres están excluidos deliberadamente y por todos los medios.
Pero la verdadera vaciedad es la que trasciende todas las cosas, y aún es inmanente a todas ellas. Porque lo que parece vaciedad en este caso es puro ser. O al menos un filósofo podría describirla así. Pero para el contemplativo es otra cosa. No es ni ésta ni aquélla. Todo lo que digáis de ella es diferente a lo que se decía. Lo propio de la vaciedad, al menos para un cristiano contemplativo, es puro amor, pura libertad. Amor que está libre de todo, no determinado por nada, o visto en alguna clase de relación. Es un compartir, a través del Espíritu Santo, en la infinita caridad de Dios. Y así, cuando Jesús dijo a sus discípulos que amaran, se refería a una forma de amar tan universal como la del Padre, que envía su lluvia lo mismo sobre justos que sobre pecadores. “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.” Esta pureza, libertad e indeterminación del amor es la auténtica esencia del cristianismo. A esto aspira sobre todo la vida monástica y puede aspirar todo cristiano en general, si le es dada la gracia.


miércoles, 15 de julio de 2015

SILENCIO Y COMPASION

Mc 6, 30-34
30 Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado.
31 El, entonces, les dice: «Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco.» Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer.
32 Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario.
33 Pero les vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos.
34 Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.
El evangelista narra el regreso de los apóstoles y la acogida por parte de Jesús. A ello une la búsqueda de la gente, que despierta un sentimiento de profunda compasión en el Maestro de Nazaret.
La persona sabia compagina el descanso con la entrega a los demás. Más aún, sabe que no solo no hay oposición entre ambas dimensiones de la persona, sino que se reclaman mutuamente. Sin estar interiormente pacificado ("descansado"), es muy difícil aportar paz a los otros; pero un descanso que no desembocara en la entrega sería sospechoso de narcisismo.

El auténtico descanso implica vivir en conexión con lo que realmente somos, experimentando que nuestra verdadera identidad es Descanso y Quietud. Pero la conexión con lo que somos no nos adormece ni nos aísla –mal puede sentirse aislado quien se halla en conexión con aquella identidad que compartimos con todos los seres-, sino que –como ha escrito Rafa Redondo- "lejos de aislarnos, pulveriza, vacía, nuestro narcisismo y nos hace cada vez más disponibles ante el dolor de todo ser viviente sin distinción".
Eso es justamente lo que apreciamos en Jesús: porque era un hombre de silencio profundo era también entrañablemente compasivo.
En una sociedad agitada como la nuestra, en la que parece imponerse la velocidad y la saturación, necesitamos más que nunca del silencio y del descanso.

La prisa fomenta la ansiedad y nos aleja del presente, es decir, nos impide vivir plenamente. La saturación nos mantiene en la superficialidad y en un consumo voraz –de objetos y de información-, que nos deja cada vez más insatisfechos.

El descanso –el silencio- nos aquieta y nos permite saborear la vida; relativiza aquello que nos agobiaba y nos conecta con nuestra verdadera identidad; nos permite "bajar" del oleaje de la superficie a la quietud profunda; nos posibilita vivenciar la distancia que hay entre "lo que ocurre" y "la consciencia de lo que ocurre". El silencio, en fin, nos conduce a "casa" y, en ella, nos hace conectar con el anhelo que somos. De ese modo, nos transforma.
La práctica meditativa es el modo de introducirnos en el silencio. Quizás se pueda empezar por lo más simple: atender a la propia respiración. Porque el silencio requiere educar la atención; de otro modo, la mente dirigirá nuestra vida y seguiremos siendo marionetas en sus manos.

Al atender la respiración, en un tiempo que nos regalemos para ello, educamos la atención, hacemos que la mente se ponga a nuestro servicio. Pero hay más: al acoger el movimiento respiratorio –inhalación y exhalación-, empezamos a sintonizar conscientemente con la corriente misma de la vida que es recibir y entregar, acogida y donación. Al estar en "casa" comulgamos con el dinamismo de lo que es.
 

Enrique Martínez Lozano

martes, 14 de julio de 2015

Retiro Espiritual - Revelación del Padre - Padre Ignacio Larrañaga

Queridos amigos:

Los invito a escuchar a este santo hombre, gran poeta, para describir las maravillas de Jesús. Ahora, desde el cielo, nos guía más que antes.

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domingo, 5 de julio de 2015

ORACION - Victor Manuel Fernández -

 

"Dios mío, tú me estás mirando con serenidad
y con ternura.
Sólo tú puedes sanar este interior alterado.
Derrama tu divina calma,
seréname, Señor, serena mi interior,
aplácame, tranquilízame, aquiétame por dentro.
Con tu brazo firme rodéame,
con tu caricia suave
cura mis miedos.
Sáname, Señor, 
por las malas experiencias que me alteraron.
Creo en tí, Señor, 
y se que de los males que me han sucedido
harás brotar algo precioso para mí.
Yo te ofrezco los malos momentos que he pasado
para que me ayudes a salir adelante.
Bendice mi vida, Señor,
rodéame con tu poder y protégeme.
Así podré superar todo mal momento.
Derrama dentro de mí tu fuerza divina,
tu poder infinito,
para que sea fuerte, 
para que recupere la confianza.
Porque contigo
siempre podré seguir caminando.
Gracias, Señor. Amén."

martes, 30 de junio de 2015

Fr. Joseph-Marie Verlinde, de maestro de yoga, a Prior en un monasterio

¡Qué bueno que el Señor nos vaya poniendo en guardia con estos avances sincréticos, en contra de la Iglesia y de la fe cristiana. No sólo ofenden a los católicos, sino a todo el cristianismo. No son precisamente las grandes tradiciones orientales las que lo hacen, sino personas occidentales que se inventan una "religión" a medida, muchas veces utilizando como anzuelo fotos de la Virgen, de Jesús o de algún "seudo monje que se viste de tal para las fotos". Hasta ahora no conocí a ninguna persona que practique disciplinas orientales en occidente, siendo bautizada, que lo pase muy bien que digamos. Todo lo contrario.

Pienso que mezclar las cosas de esa forma es una gran falta de respeto hacia los hinduístas y budistas quienes JAMAS mezclan su cultura o su forma de orar con el cristianismo, pues como lo reconoce el propio Dalai Lama: "tratar de unir al cristianismo con el budismo es como tratar de colocar la cabeza de un gato en el cuerpo de un yak".

Nuestro Dios es un Dios celoso y Su Madre nos proteje, de manera que, siempre que nos metamos en caminos cenagosos, nos va a estar arrancando de allí. No debemos temer: El tiene toda nuestra vida en sus manos.

Recordar que la oración de Jesús tal y como se describe en el hermoso libro "Relatos de un peregrino ruso", es la siguiente:

Al inhalar, digo mentalmente: "Señor Jesucristo", todo el tiempo que dura la inhalación que debe ser larga, pausada y profunda y al exhalar digo: "Ten misericordia de mí", también todo el tiempo que dure la exhalación que deberá ser, del mismo modo, larga, pausada y profunda. En algunas entradas antiguas de mi blog, trato este tema de la oración de Jesús tal y como la practican en el Hesicasmo ortodoxo. Es bellísima, purificadora, terapéutica, liberadora y TRANSFORMADORA. ¡Nadie podrá confundirnos si no nos soltamos de la mano de Cristo y de la de Su Madre! 





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