Palabras del P. Laurence:
(Minuto 03:23)
La
meditación cristiana es una manera de orar. Podemos llamarla oración del
corazón u oración pura. Es una oración que nos lleva más allá de las palabras,
más allá de los pensamientos, más allá de las imágenes, hacia la oración de
Cristo. Esencialmente toda oración cristiana tiene la intención de la unión con
la oración de Cristo. Cuando las personas comienzan a meditar se van moviendo
hacia esta interioridad profunda, la cual Jesús llama, la habitación interior.
Cuando tu oración va hacia tu habitación interior, las otras formas de oración
comienzan a tornarse concientes. Y leer las escrituras, la celebración de la
misa, estas otras formas de oración, que para muchas personas hoy, han perdido
la fuerza o el significado, vuelven a reactivarse y a destacarse otra vez.
La
meditación cristiana es un camino simple hacia el centro, un camino de
silencio, quietud, simplicidad. Es una disciplina, no una técnica. Vivimos en
un mundo donde hoy en día la meditación es ampliamente difundida de manera
secular. Conocemos los beneficios de la meditación para el cuerpo, para reducir
la presión sanguínea, reducir el colesterol, bajar el estrés, la ansiedad y el
insomnio. Pero nosotros enseñamos la meditación como oración. No como una
técnica sino como una disciplina espiritual que nos lleva hacia el misterio del
evangelio, al misterio de dejar atrás el ego y reencontrarnos de una manera
renovada en Cristo.
(Minuto 09:58)
Estuve
hablando con una mujer que no había visto por cerca de un año y ella me dijo
que había estado meditando. Y dijo voy a continuar con esto, ha sido un gran
regalo para mí, pero no me ha traído nada de lo que usted dijo que me traería.
Y yo le pregunté ¿qué quieres decir? Ella me respondió pregúntele a mi familia,
ellos probablemente digan que quizás estoy peor. Yo le dije ¿a qué te refieres?
Entonces ella comentó, bueno, ellos me dicen que estoy más irritable, que
pierdo los estribos más a menudo y más fácilmente de lo que solía hacerlo. Yo
le dije, esto es algo nuevo entonces. Y ella me respondió sí, nunca me enojaba
antes, mi madre solía decirnos a las mujeres de la familia que nunca
mostráramos nuestro enojo. De manera que lo que vemos es que por cuarenta y
cinco años ella estuvo reprimiendo su ira y ahora el Espíritu estuvo trabajando
en ella a través de la meditación, para que dejara esa represión. Y ella estaba
aprendiendo, en este nivel, cómo expresar su enojo. Y espero, por su familia,
que ella aprenda rápido.
Si
miramos a la tradición mística cristiana, nos muestra que hay estadios por los
que vamos pasando. El primero es el estado de purgación, la purificación de
nuestra psiquis, de nuestros recuerdos. Y es un trabajo que tenemos que hacer
dentro de nosotros mismos para integrar las sombras que hay dentro nuestro. El
siguiente estadio es de la unión. La experiencia de unión comienza a suceder.
Nos volvemos más integrados dentro de nosotros, con otras personas y por
supuesto con Dios. El estadio final es el del pleno compartir con la vida de
Dios, el último destino humano.
(Minuto 17:53)
Cuando le
preguntaron a Jesús en el Evangelio ¿cuál es el mayor mandamiento? Él dijo,
amar a Dios tu Señor con toda tu mente, todo tu corazón, toda tu fuerza, y a tu
hermano como a tí mismo. Estas son tres dimensiones o aspectos del amor.
Teológicamente hablando, Él lo expresó en ese orden: Dios, hermanos, tú mismo.
Yo creo que psicológicamente comenzamos al revés. Tenemos que aprender a
amarnos a nosotros mismos. Y la meditación es el primer paso para aprender a
aceptarnos a nosotros mismos, para aceptar el regalo de nuestro ser. Muy a menudo,
incluso las personas religiosas, llegamos a nuestra relación con Dios llenos de
culpa, llenos de un sentido de inferioridad, pecamenosidad, tanto foco en
nuestras faltas e imperfecciones. Y de hecho esto nos bloquea para darnos
cuenta que nosotros somos amados, aceptados, de que somos buenos en nuestra
naturaleza verdadera.
De modo
que el primer paso en la oración es la aceptación de nuestro ser. Y es eso lo
que queremos decir con amarnos a nosotros mismos. No significa comprenderte a
ti mismo y hacer lo que quieras. Significa aceptar e integrar cada parte de ti
mismo. Eso es trabajo duro, como todos sabemos. Pero luego, en cuanto
comenzamos a amarnos a nosotros mismos vemos una nueva capacidad para amar a
otros. Si piensas en cuando te levantas por la mañana de mal humor, algo está
mal, estamos irritables, nos sentimos enojados con el mundo. Eso va a expresar
la manera en la que vas a comprar tu boleto en el ómnibus, la manera en la que
hablarás con tu familia, la manera en la que trabajarás con tus colegas en la
oficina. Nuestra relación con nosotros mismos determina nuestra relación con
las demás personas. Es un simple conocimiento psicológico del cual ahora
estamos concientes. Así que cuanto más profundamente nos amamos a nosotros
mismos, más libres nos volvemos para amar a otros, no arrojamos nuestras
proyecciones a los otros. Esto es algo muy importante. Por ejemplo, en la Europa moderna, en la que
estamos enfrentando profundo peligro como xenofobia, prejuicios, utilizar
chivos expiatorios, culpar a los inmigrantes, culpar a los grupos minoritarios
por todos nuestros problemas.
En cuanto
comenzamos a amar a otros, esta dimensión trascendente se abre y comenzamos a
ver la naturaleza del amor en sí mismo, comenzamos a ver a Dios. Y esto es puro
evangelio cristiano. ¿Cómo podemos amar a Dios a quien no vemos, si no amamos
al prójimo, a quien podemos ver y con quien trabajamos todos los días.
Así que
creo que la meditación es en primer lugar profundamente interior, nos lleva
hacia nuestra propia soledad. Pero cuanto más profundo nos lleva, más abiertos
nos volvemos, más libres nos volvemos.
En
Europa, en muchas partes de la Iglesia Católica, la autoridad de la Iglesia ha sido
profundamente herida y dañada por los abusos, escándalos, crímenes. Pero aun
así no creo que los jóvenes estén rechazando la religión sino que ellos están
simplemente demandando una religión más simple, más humilde, más auténtica, que
esté conectada con la búsqueda espiritual. Ese es el desafío de la Iglesia. Y cada vez que
la Iglesia
enfrentó esta clase de desafíos en el pasado, siempre ha ido más hacia lo
profundo, siempre ha retornado a la dimensión mística del evangelio donde
Cristo está presente, el mismo de ayer, de hoy y de mañana. Y pienso que esto
es lo que está sucediendo hoy, es el hambre y la búsqueda de una espiritualidad
más profunda, que encontramos por todos lados en la Iglesia de hoy.















