martes, 1 de septiembre de 2015

SOBRE EL SUFRIMIENTO



Escrito por Hno. Heraldo del Santo Abandono

Queridos hermanos, quería comentarles algo sobre el sufrimiento, lo que he meditado sobre él en los períodos en que se me hizo compañero de viaje.
He tratado de ver en qué consiste, cuál es su característica esencial y me pareció ver que el sufrimiento no es sentir angustia, dolor, ansiedad, tristeza, tedio de la vida, desgana, pereza de vivir. No, todo eso puede surgir por diversas circunstancias de nuestra vida social, por diversos acontecimientos, por nuestra misma constitución orgánica y nuestra propia psicología, puede surgir por causas conocidas o desconocidas, voluntarias o involuntarias, causas algunas que tienen solución y otras que no, o que la tienen muy difícil.
Creo que podemos “padecer” todas esas cosas y sin embargo no sufrir. Porque creo que el sufrimiento es otra cosa. Creo que el sufrimiento lo generamos nosotros, fuera existe el dolor, el padecer, pero el sufrir está en nosotros, el origen del sufrimiento es una “disconformidad“.
Es resistir lo real, rebelarse contra lo que acontece una vez acontecido, es rechazar lo que está y desear ardientemente lo que no está.
Es un producto de nuestros deseos, cuando le damos preeminencia sobre lo real, cuando ellos no se “conforman“, no se adaptan con lo real.
El sufrimiento es una atención a un deseo insatisfecho, por eso la raíz del sufrimiento está en el deseo, pero tiene además un componente cognitivo, perceptual, dirigir nuestra atención a lo que no es, poner nuestros ojos en lo que hubiéramos querido que fuera pero que no es, dar nacimiento a una ilusión.
Si el sufrimiento es una disconformidad, la paz está en la conformidad, “conformarse” a lo real, a lo que acontece, a lo que tenemos.
Esto no implica no buscar aquellas buenas cosas que legítimamente podemos desear, no trabajar por nuestro progreso en las distintas dimensiones de nuestra vida, no luchar por la justicia, caer en un fatalismo resignado, en una perezosa pasividad.
Por el contrario, significa poner de nuestra parte todo nuestro empeño en busca de lo mejor, tanto empeño como si todo dependiera de nosotros y nada más que nosotros, pero esperar y aceptar el resultado como si todo dependiera de Dios. Esta actitud es la que nos traerá la paz.
Lograr esta conformación con lo real, lograr no resistir lo que es y no ansiar vehementemente lo que no es, creo que sólo ocurrirá si ponemos nuestro deseo en lo único que nos sacia completamente y en lo único que tenemos con absoluta certeza, Dios, el Dios que nos ama incondicionalmente.
Toda criatura, entendiendo por ello toda cosa, persona o circunstancia, no nos sacia por completo, y en cualquier momento podemos carecer de ella. Dios es la única realidad que nos sacia completamente. Nuestro corazón, por Él creado ha sido por El diseñado para descansar en Él, “Nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti” decía San Agustín.
Dios es además, lo único que tenemos siempre, Dios nos está amando permanentemente, incluso cuando pecamos él nos sigue amando, Él no puede no amar.
No se trata de querer lograr una aceptación resignada, fría, dura y voluntarista de lo que sucede, de lo que es, no se trata de una actitud estoica, sino de saber por la Fe, o sea creer, que lo que sucede, lo que es, aunque sea doloroso, es el “lugar” y el “momento” donde puedo unirme con Dios, es la ventana a través de la cual me conecto con el Eterno, es la única oportunidad que tengo de conformar mi voluntad con la de Dios, el llamado por algunos “sacramento” del momento presente.
Practicar la aceptación amorosa de lo real (repito, una vez que hayamos hecho todo lo que podamos para que suceda lo que honestamente creemos es lo mejor para nosotros y lo que nos rodea), decía que practicar esta aceptación es un acto tremendamente liberador.
Lo que nos esclaviza no es sujetarnos a lo que es, sino al contrario apegarnos a nuestros deseos que no son. Esclavo se es de las ilusiones.
Y la posibilidad de hacer esta aceptación amorosa es el saber por la Fe, o sea creer, que nada se le escapa a la amorosa Providencia de Dios. Este tema es muy delicado y ríos de tinta se han vertido tratando de relacionar la Providencia de Dios con el hecho de la existencia del mal, del dolor, en sus varias manifestaciones.
La reflexiones de la mente en algunos momentos me ayudaron, pero cuando el aguijón del dolor penetró en lo más profundo de mi corazón, ningún argumento racional me dio paz, sino sólo una actitud, creer firmemente que ese dolor de algún misterioso modo, desconocido por mi razón, contribuía a mi perfección, a mi liberación, en definitiva a mi salvación, la que siempre Dios me está ofertando en Jesús.
No sé por qué tal dolor, no sé por qué ese y no otro, no sé si era la única opción posible o no para mí, no sé si es ocasionado sobre todo por mí mismo, mis acciones, o por la conjunción de innumerables variables genéticas, sociales, históricas, económicas o por disposición divina.
No lo sé, pero sí sé una cosa: que Dios es infinitamente Bueno, infinitamente Sabio e infinitamente Poderoso, y que ni un cabello cae de nuestra cabeza sin su consentimiento como dice Jesús en el Evangelio, por lo tanto, en esta situación, más allá de si sea ella buscada, querida o solamente permitida por Dios (nada sucede sin su permiso) no me pongo a indagar tanto en ello, sé por la Fe, o sea creo, que su Bondad, Sabiduría y Poder infinitos, respectivamente Desea, Sabe y Puede sacar de cada situación, hacer surgir de ella y a través de ella mi bien principal, es decir la redención, la salvación.
Sabiendo esto, creyendo esto, trato de abandonarme a su voluntad. Cada vez que ocurrió de las veces que lo intenté, la paz llegó a mi corazón y allí se alojó. La paz es el fruto del Santo Abandono.

"¡Padre mío, que se haga tu Voluntad y no la mía!"

sábado, 29 de agosto de 2015

LOS OLVIDADOS DE LOS OLVIDADOS

Impresionante documental, ganador de los premios URTI, sobre la labor de la ASOCIACIÓN St. CAMILLE, todo un EJEMPLO EN ÁFRICA, y que narra la situación en la que se encuentran la mayoría de los enfermos mentales africanos, desde esquizofrénicos graves a simples epilépticos. Hombres, mujeres y niños encadenados, la mayoría a la intemperie, privados de comida y agua, algunos de ellos azotados regularmente o abandonados en las ciudades desde niños por sus propias familias. 

NOTA: Recordar clickear sobre las rayas perpendiculares debajo del ícono "música bella", para pausar la música de fondo de este blog y así poder escuchar este video correctamente.


jueves, 13 de agosto de 2015

¿QUÉ ES LA CONTEMPLACIÓN?

René Voillaume define la vida contemplativa como “un conocimiento experimental y sobrenatural de Dios, percibido por connaturalidad de amor; bajo el influjo de los dones del Espíritu Santo” (R. VOILLAUME, Lettres aux Fraternités I, Cerf, Paris 1960, 178). Así, la contemplación sobrenatural, en sí misma, está fuera del alcance directo de la persona y responde a una gracia que sólo Dios puede otorgar.

Pero existe, no obstante, todo un conjunto de actos que nos preparan y encaminan hacia ella, en cuanto que, normalmente, son necesarios para llegar a la contemplación, si bien la donación de esta gracia jamás estará exigida por la preparación, ella suele ser, sin embargo, su prolongación, y la continuación normal, aunque misteriosamente gratuita, de nuestro encaminamiento hacia Dios.
Lo cierto es que, con frecuencia, muchas personas quedan privadas de la gracia de la contemplación, al carecer de la debida preparación para acoger este don.
La gracia de la contemplación presupone la disposición última de la persona a “abandonar todo aquello que no es Dios”. Lo cual supone un desasimiento profundo de todo lo creado y, particularmente, de sí mismo. No significa esto que tal muerte esté totalmente en nuestro poder, porque las mismas gracias de contemplación habrán de consumarla en nosotros, al hacer penetrar el fuego acrisolador del amor en aquellas profundidades del alma en las que nada podemos por nosotros mismos. Con todo, ese desasimiento radical, aun cuando no podamos realizarlo actualmente sino de un modo imperfecto, ha de ser, al menos, intencional mente querido y deseado, a la espera de que sea consumado por la acción de Dios en nuestras personas (Ibid., 180).
Pero esta muerte por la que la persona va alcanzando la debida disposición, no ha de entenderse en un sentido sólo ni primariamente negativo. El movimiento de desprendimiento viene como fruto de nuestra adhesión a Dios por el amor. Esto implica que la contemplación cristiana es todo lo contrario de un asunto de técnica. La espiritualidad natural, como la de la India, por ejemplo, tiene técnicas bien determinadas. Y como bien dicen el matrimonio Maritain:
Este aparato de técnicas es lo primero que impresiona a quien comienza a estudiar la mística comparada. Pues bien, una de las diferencias más obvias entre la mística cristiana y las otras místicas es su libertad en lo que respecta a la técnica y a todas las recetas y fórmulas (J. y R. MARITAIN, Liturgie et contemplation, Brujas 1959, 64-65).
La meditación, la adoración, el retiro, el silencio son instrumentos al servicio del amor, y conservan toda su eficacia sólo en la medida en que conducen al desarrollo de la caridad.


Pues es precisamente por relación a la caridad, por lo que pueden disponer a la contemplación. Esto explica que por falta de generosidad de la persona estas prácticas puedan ser ineficaces. Por esto, cuando falta la generosidad, las observancias, que debían favorecer el desapego del corazón para su dilatación en el amor, pueden pasar a ser refugio de una actitud mezquina para con Dios y para con el prójimo (R. VOILLAUME, Au cœur des masses, Cerf, París, 1950, 183-186).

José Luis Vázquez Borau

viernes, 7 de agosto de 2015

¿TE VALORAS?

Estamos tan pendientes por lograr cosas que nos proponemos, que muchas veces no nos detenemos a disfrutar de la vida. Pero hay algo más grave todavía: creer que valemos más por lo que hacemos que por lo que somos.
 
Quizás ya has dado un paso, y ya no te valoras por lo que tienes; posiblemente ya has descubierto que no son los bienes o el dinero lo que te da valor. Tú vales más que las cosas y que las posesiones y tu valor sería inmenso aunque no tuvieras nada.
 
Te admira la pobreza y el desprendimiento de algunos santos, que se liberaron de la necesidad de poseer, y no se te ocurriría pensar que ellos valen poco porque no han tenido bienes.
 
Sin embargo, quizás todavía no te has liberado de otro error: creer que vale más el hacer que el ser, sentir que vales en la medida que hagas cosas y consigas resultados.
 
Por eso vivimos aplaudiendo a los que hacen cosas y miramos con lástima a los minusválidos, a los ancianos enfermos, a los que logran resultados poco llamativos.
 
Aplaudimos a una persona de ochenta años que trabaja mucho, y no valoramos tanto la opción del anciano que quiere vivir sus últimos años con un poco más de sosiego. 
 
Si eso te sucede, lo primero que tendrías que hacer es reconocer que tú mismo vales más que tus obras, que tienes un valor infinito también cuando no logras buenos resultados en lo que haces, que Dios te ama infinitamente también cuando las cosas no te salen como desearías.
 
Eres valioso también cuando te detienes a descansar con tu familia o cuando te detienes en la presencia de Dios.
 
Tú eres más valioso que todas tus obras. Reconócelo, valórate y ámate.

miércoles, 29 de julio de 2015

DE MI AMIGO VICENTE DE JESUS CON MOTIVO DEL DIA DEL AMIGO

MI QUERIDA AMIGA SUSY :

MIL GRACIAS POR EL MENSAJE DEL "FELIZ DIA". ALLI DICES ALGO QUE ES FUNDAMENTAL AL DEFINIR LA AMISTAD, COMO UNA" PASION SOSTENIDA POR EL AFECTO". SI QUERIDA AMIGA ESA ES LA MEJOR DEFINICION QUE HE CONOCIDO .MAS YO LE AGREGO ESTO :
 
1.-LA AMISTAD PURA ES EL SENTIMIENTO MAS ELEVADO DEL ALMA.

2.-LA AMISTAD ES INOCENTE , EN EL SENTIDO EN EL DE QUE SE TRATA DE UN AMOR QUE NO CELA,NO MIENTE,NO ENVIDIA,NO PRETENDE LA DOMINACION DEL OTRO.-

3.-LA AMISTAD DEL ALMA SE DESCUBRE EN LA RELACION CON EL OTRO, SIN QUE NI SIQUIERA SE VEAN A NIVEL FISICO;PERO A NIVEL ESPIRITUAL ,LAS ALMAS SE ENCUENTRAN Y SE RECONOCEN COMO AVES QUE SIGUEN UN MISMO VUELO Y TIENEN UN MISMO DESTINO.

4.-EL AMOR DE AMISTAD, ES AUN MAS APASIONADO QUE EL AMOR CARNAL,PORQUE TIENE LA POTENCIA AMOROSA DEL ESPIRITU SANTO.

5.-EL AMOR DE AMISTAD DE ALMAS QUE SE ENCUENTRAN EN UNA DIMENSION MAS TRASCENDENTE ,ES COMO UN AMOR DE ANGELES Y NOS PREPARA EN EL AMOR CON DIOS.

6.- DE TODO ESTO SE DERIVA UNA CONCLUSION : SOLO EL AMOR DE ALMAS,TRASCIENDE LA MUERTE ,PORQUE TIENE LA LLAVE DE LA PUERTA QUE NOS CONDUCE A LA ETERNIDAD.

7.- EN LA HISTORIA DE LA SANTIDAD, HUBO AMORES APASIONADOS DE SANTOS , COMO SAN FRANCISCO Y CLARA, SANTA TERESA DE AVILA Y SAN JUAN DE LA CRUZ.ASI COMO OTROS TANTOS QUE NO CONOCEMOS PORQUE CONSERVAN SU PRIVACIDAD,TENIENDO COMO UNICO TESTIGO AL MISMO DIOS.

8.ESTA AMISTAD DE ALMAS QUE SE UNEN EN SU VUELO HACIA ESE FOCO DE LUZ DE AMOR-OMEGA,SOLO TIENE UNA CONDICION:EL COMPARTIR EN EL AMOR A DIOS.POR ESO LA AMISTAD EN ESTE NIVEL, ES TAMBIEN UN ELEVADO ESTADO DE CONCIENCIA ,ANTE EL CUAL LA MENTE DESPIERTA ANTE EL REGALO DEL AMOR EN LA AMISTAD DEL OTRO O LA OTRA PARA HACER DEL PURO YO, UN YO-TU, QUE CUBIERTO POR EL MANTO DE JESUS , SE CONVIERTE EN UN "NOSOTROS PARA LA SANTIDAD Y LA ETERNIDAD.

TU AMIGO EN XTO-OMEGA.

VICENTE DE JESUS .

sábado, 18 de julio de 2015

LA CONTEMPLACION - THOMAS MERTON



La oración contemplativa es, en cierto modo, simplemente la preferencia por el desierto, el vacío, la pobreza. Cuando uno ha conocido el sentido de la contemplación, intuitiva y espontáneamente busca el sendero oscuro y desconocido de la aridez con preferencia a ningún otro. El contemplativo es el que más bien desconoce que conoce, más bien no goza que goza, y el que más bien no tiene pruebas de que Dios le ama. Acepta el amor de Dios en fe, en desafío a toda evidencia aparente. Ésta es una condición necesaria, y muy paradójica, para la experiencia mística de la realidad de la presencia de Dios y de su amor para con nosotros. Sólo cuando somos capaces de «dejar que salgan» todas las cosas de nuestro interior, todos los deseos de ver, saber, gustar y experimentar la presencia de Dios, entonces es cuando realmente nos hacemos capaces de experimentar la presencia con una convicción y una realidad abrumadoras, que revolucionan toda nuestra vida interior.
Walter Hilton, un místico inglés del siglo catorce dice en su Scale of Perfection:

"Es mucho mejor ser separado de la visión del mundo en esta noche oscura, por muy penoso que eso pueda resultar, que morar fuera, ocupado en los falsos placeres del mundo… Porque cuando estás en esa noche, te encuentras mucho más cerca de Jerusalén que cuando estás en la falsa luz. Abre tu corazón al movimiento de la gracia y acostúmbrate a residir en esta oscuridad, intenta familiarizarte con ella y encontrarás rápidamente que la paz, y la verdadera luz de la comprensión espiritual inundarán tu alma…"
La contemplación es esencialmente una escucha en el silencio, una expectación. Y también, en cierto sentido, debemos empezar a escuchar a Dios cuando hemos terminado de escuchar. ¿Cuál es la explicación de esta paradoja? Quizá que hay una clase de escucha más elevada, que no es una atención a la longitud de cierta onda, una receptividad para cierto mensaje, sino un vacío que espera realizar la plenitud del mensaje de Dios dentro de su aparente vacío. En otras palabras, el verdadero contemplativo no es el que prepara su mente para un mensaje particular, que él quiere o espera escuchar, sino el que permanece vacío porque sabe que nunca puede esperar o anticipar la palabra que transformará su oscuridad en luz. Ni siquiera llega a anticipar una clase especial de transformación. No pide la luz en vez de la oscuridad. Espera la Palabra de Dios en silencio, y cuando es “respondido”, no es tanto por una palabra que brota del silencio. Es por su silencio mismo cuando de repente, inexplicablemente revelándose a él como la palabra de máximo poder, llena de la voz de Dios.
Pero no debemos aceptar una visión puramente quietista de la oración contemplativa. No es mera negación. Nadie se convierte en contemplativo sencillamente por «oscurecer» las realidades sensibles, y permanecer solo consigo mismo en la oscuridad. En primer lugar, uno que hace eso como un montaje, a propósito, como conclusión de un razonamiento práctico sobre el tema, y sin una vocación interior, sencillamente entra en una oscuridad artificial que se ha fabricado él mismo. No está solo con Dios, sino solo consigo mismo. No está en presencia del Único Trascendente, sino de un ídolo, el de su propia identidad complaciente. Se ve inmerso y perdido en si mismo, en un estado de narcisismo inerte, primitivo e infantil. Su vida es »nada» no en el sentido misterioso, dinámico, en el que la nada del místico es paradójicamente el todo de Dios. Es sencillamente la nada de un ser finito, abandonado a si mismo en su propia trivialidad.
Los místicos Rhenish del siglo catorce tuvieron que luchar contra muchas formas heréticas de contemplación y contra la pasividad de la voluntad propia, arbitraria, de los que abrazaban la forma quietista de oración de una manera sistemática, dedicándose a cultivar simplemente la inercia como si ella fuera, por si misma, suficiente para resolver los problemas. De ésos dice Tauler:
"Estas personas han entrado en un camino sin salida. Confían totalmente en su inteligencia natural y están totalmente orgullosos de ellos mismos al hacerlo. Nada saben de las profundidades y riquezas de la vida de Nuestro Señor Jesucristo. Ni siquiera han formado sus propias naturalezas por el ejercicio de la virtud y no han avanzado en los caminos del verdadero amor. Confían exclusivamente en la luz de su razón y en su falsa pasividad espiritual".
 El problema que entraña el racionalismo es que se engaña a sí mismo en su racionalización y manipulación de la realidad. Hace culto del «permanecer sin moverse”, como si eso en si mismo tuviera un poder mágico para resolver todos los problemas y llevar al hombre al contacto con Dios. Pero de hecho es sencillamente una evasión. Es una falta de honradez y seriedad, una banalidad con la gracia y una huida de Dios. Esto es realmente el “quietismo puro”. Pero, ¿podemos decir que algo semejante existe en nuestros días?
 
El quietismo absoluto no es un peligro omnipresente en el mundo de nuestro tiempo. Para ser un quietista absoluto, uno tendría que hacer esfuerzos heroicos para permanecer sin hacer nada, y tales esfuerzos están más allá del poder de la mayoría de nosotros. Sin embargo, existe una tentación de una clase de pseudoquietismo que afecta a los que han leído libros sobre el misticismo sin entenderlos en absoluto. Y eso los lleva a una vida espiritual deliberadamente negativa, que no es más que una dejación de la oración, por ninguna otra razón que por la de imaginar que, dejando de ser activo, uno entra en la contemplación. Eso lleva en realidad a la persona a estar vacía, sin una vida espiritual, interior, en la que las distracciones y los impulsos emocionales gradualmente los afirman a expensas de toda actividad madura, equilibrada, de la mente y el corazón. Persistir en esta situación de paréntesis puede llegar a ser muy perjudicial espiritual, moral y mentalmente.
 
El que sigue los caminos ordinarios de la oración, sin prejuicio alguno y sin complicaciones, será capaz de disponerse mucho mejor para recibir su vocación a la oración contemplativa a su debido tiempo, dando por sabido que le llegará su momento.
La verdadera contemplación no es un truco psicológico, sino una gracia teologal. Sólo nos viene en forma de un regalo, y no como resultado de nuestro empleo inteligente de técnicas espirituales. La lógica del quietismo es una lógica puramente humana, en la cual dos más dos son cuatro. Desgraciadamente, la lógica de la oración contemplativa es de un orden enteramente diferente. Está más allá del dominio estricto de causa y efecto, porque pertenece enteramente al amor, a la libertad, a los desposorios espirituales. En la verdadera contemplación no hay “razón por la que” el vacío nos deba llevar necesariamente a ver a Dios cara a cara. Ese vacío nos puede llevar de la misma manera a encontrarnos cara a cara con el demonio, y de hecho a veces lo hace. Es parte del riesgo de este desierto espiritual. La única garantía contra el enfrentamiento con el demonio en la oscuridad, si es que podemos hablar realmente de algún tipo de garantía, es simplemente nuestra esperanza en Dios, nuestra confianza en su voz, en su misericordia.
Ha quedado claro que el camino de la contemplación no es de ninguna manera una “técnica” deliberada de vaciarse uno mismo, para conseguir una experiencia esotérica. Es una respuesta paradójica a la llamada de Dios casi incomprensible, lanzándonos a la soledad, zambulléndonos en la oscuridad y el silencio, no para retirarnos y protegernos del peligro, sino para llevarnos a salvo a través de peligros desconocidos, por un milagro de su amor y de su poder.
El camino de la contemplación no es, de hecho, camino alguno. Cristo es el único camino, y él es invisible. El “desierto” de la contemplación es sencillamente una metáfora para explicar el estado de vacío que experimentamos cuando hemos abandonado todos los caminos, nos hemos olvidado de nosotros mismos y hemos tomado a Cristo invisible como nuestro camino. Como dice san Juan de la Cruz:
"Y así grandemente se estorba un alma para venir a este alto estado de unión con Dios, cuando se ase a algún entender, o sentir, o imaginar, o parecer, o voluntad, o modo suyo, o cualquiera otra obra o cosa propia, no sabiéndose desasir y desnudar de todo ello… Por tanto, en este camino, el entrar en camino es dejar su camino; o por mejor decir, es pasar al término y dejar su modo, es entrar en lo que no tiene modo, que es Dios. Porque el alma que a este estado llega, ya no tiene modos, ni maneras, ni menos se ase ni puede asir a ellos… aunque en sí encierra todos los modos, al modo del que no tiene nada, que lo tiene todo".

Esto podría completarse con las palabras que siguen de John Tauler:
"Cuando hemos probado esto en la auténtica profundidad de nuestras almas, nos hace hundirnos y disolvernos en nuestra nada y pequeñez. Cuanto más brillante y más pura es la luz que se derrama en nosotros por la grandeza de Dios, tanto más claramente veremos nuestra nada y pequeñez. En realidad así es cómo podemos discernir la autenticidad de esta iluminación. Porque es el brillo divino de Dios en lo más profundo de nuestro ser, no por medio de imágenes, no por medio de nuestras facultades, sino en las auténticas profundidades de nuestras almas. Su efecto será hundirnos más y más en nuestra propia nada".
Se pueden sacar dos sencillas conclusiones de todo esto. Primero, que la contemplación es la culminación de la vida cristiana de oración, porque el Señor no desea nada de nosotros más que convertirse él mismo en nuestro “camino”, en nuestra “verdadera vida”. Esta es la única finalidad de su venida a la tierra para buscarnos, para poder elevarnos, juntamente con él, al Padre. Sólo en él y con él podemos alcanzar al Padre invisible, al que nadie podrá ver y seguir viviendo. Muriendo a nosotros mismos, y a todas las “maneras”, “lógicas” y “métodos” propios nuestros, podemos ser contados entre aquellos a los que la misericordia del Padre ha llamado a sí en Cristo. Pero la otra conclusión es igualmente importante. Ninguna lógica propia puede conseguir esta transformación de nuestra vida interior. No podemos argumentar que el “vacío” es igual a la “presencia de Dios”, y luego sentarnos tranquilamente para conseguir la presencia de Dios vaciando nuestras almas de toda imagen. No es cuestión de lógica ni de causa y efecto. Tampoco es cuestión de deseo, o de una empresa proyectada, o de nuestra propia técnica espiritual.
Todo el misterio de la oración contemplativa simple es un misterio de amor divino, de vocación personal y de don gratuito. Esto, y sólo esto, consigue el verdadero «vacío», en el que ya nada queda de nosotros mismos.
 
En cambio, un vacío deliberadamente cultivado, para llenar una ambición espiritual no responde en absoluto al concepto de vacío espiritual. Es la plenitud de uno mismo. Tan lleno de sí mismo, que la Luz de Dios no tiene sitio alguno por donde poder penetrar. No hay grieta ni rincón abandonado donde algo pueda encajarse en ese duro corazón, fruto de la autoabsorción, que es nuestra opción de vivir centrados en nuestro propio ser. 
En consecuencia, cualquiera que aspire a convertirse en contemplativo debe pensarlo dos veces antes de ponerse en camino. Quizá la mejor forma de convertirse en contemplativo seria desear con todo el corazón ser cualquier cosa menos contemplativo. ¿Quién sabe?
Pero, naturalmente, tampoco eso es verdad. En la vida contemplativa, ni el deseo ni el rechazo del deseo es lo que cuenta, sino sólo aquel “deseo” que es una forma de “vacío”, que asiente con lo desconocido y avanza tranquilamente por donde no ve camino alguno. Todas las paradojas acerca del camino contemplativo se reducen a ésta: estar sin deseos significa ser llevado por un deseo tan grande que es incomprensible. Es demasiado grande para ser completamente sentido. Es un deseo ciego, que parece un deseo de “la vaciedad”, sólo porque nada puede contentarlo. Y porque es capaz de descansar en la vaciedad, entonces, relativamente hablando, descansa en la vaciedad. Pero no en una vaciedad como tal, en una vaciedad por si misma. Realmente no existe tal entidad como pura vaciedad, y la vaciedad meramente negativa del falso contemplativo es una “cosa”, no la “nada”. La «cosa” que se reduce a la oscuridad misma, de la cual todos los demás seres están excluidos deliberadamente y por todos los medios.
Pero la verdadera vaciedad es la que trasciende todas las cosas, y aún es inmanente a todas ellas. Porque lo que parece vaciedad en este caso es puro ser. O al menos un filósofo podría describirla así. Pero para el contemplativo es otra cosa. No es ni ésta ni aquélla. Todo lo que digáis de ella es diferente a lo que se decía. Lo propio de la vaciedad, al menos para un cristiano contemplativo, es puro amor, pura libertad. Amor que está libre de todo, no determinado por nada, o visto en alguna clase de relación. Es un compartir, a través del Espíritu Santo, en la infinita caridad de Dios. Y así, cuando Jesús dijo a sus discípulos que amaran, se refería a una forma de amar tan universal como la del Padre, que envía su lluvia lo mismo sobre justos que sobre pecadores. “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.” Esta pureza, libertad e indeterminación del amor es la auténtica esencia del cristianismo. A esto aspira sobre todo la vida monástica y puede aspirar todo cristiano en general, si le es dada la gracia.


miércoles, 15 de julio de 2015

SILENCIO Y COMPASION

Mc 6, 30-34
30 Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado.
31 El, entonces, les dice: «Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco.» Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer.
32 Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario.
33 Pero les vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos.
34 Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.
El evangelista narra el regreso de los apóstoles y la acogida por parte de Jesús. A ello une la búsqueda de la gente, que despierta un sentimiento de profunda compasión en el Maestro de Nazaret.
La persona sabia compagina el descanso con la entrega a los demás. Más aún, sabe que no solo no hay oposición entre ambas dimensiones de la persona, sino que se reclaman mutuamente. Sin estar interiormente pacificado ("descansado"), es muy difícil aportar paz a los otros; pero un descanso que no desembocara en la entrega sería sospechoso de narcisismo.

El auténtico descanso implica vivir en conexión con lo que realmente somos, experimentando que nuestra verdadera identidad es Descanso y Quietud. Pero la conexión con lo que somos no nos adormece ni nos aísla –mal puede sentirse aislado quien se halla en conexión con aquella identidad que compartimos con todos los seres-, sino que –como ha escrito Rafa Redondo- "lejos de aislarnos, pulveriza, vacía, nuestro narcisismo y nos hace cada vez más disponibles ante el dolor de todo ser viviente sin distinción".
Eso es justamente lo que apreciamos en Jesús: porque era un hombre de silencio profundo era también entrañablemente compasivo.
En una sociedad agitada como la nuestra, en la que parece imponerse la velocidad y la saturación, necesitamos más que nunca del silencio y del descanso.

La prisa fomenta la ansiedad y nos aleja del presente, es decir, nos impide vivir plenamente. La saturación nos mantiene en la superficialidad y en un consumo voraz –de objetos y de información-, que nos deja cada vez más insatisfechos.

El descanso –el silencio- nos aquieta y nos permite saborear la vida; relativiza aquello que nos agobiaba y nos conecta con nuestra verdadera identidad; nos permite "bajar" del oleaje de la superficie a la quietud profunda; nos posibilita vivenciar la distancia que hay entre "lo que ocurre" y "la consciencia de lo que ocurre". El silencio, en fin, nos conduce a "casa" y, en ella, nos hace conectar con el anhelo que somos. De ese modo, nos transforma.
La práctica meditativa es el modo de introducirnos en el silencio. Quizás se pueda empezar por lo más simple: atender a la propia respiración. Porque el silencio requiere educar la atención; de otro modo, la mente dirigirá nuestra vida y seguiremos siendo marionetas en sus manos.

Al atender la respiración, en un tiempo que nos regalemos para ello, educamos la atención, hacemos que la mente se ponga a nuestro servicio. Pero hay más: al acoger el movimiento respiratorio –inhalación y exhalación-, empezamos a sintonizar conscientemente con la corriente misma de la vida que es recibir y entregar, acogida y donación. Al estar en "casa" comulgamos con el dinamismo de lo que es.
 

Enrique Martínez Lozano