martes, 19 de agosto de 2014

ANHELO DE DIOS

Aprendamos de los monjes el anhelo de Dios. Este anhelo los aguijonea a encaminarse hacia el desierto, a luchar con consecuencia contra las pasiones, a ser fieles a la ascética.
Los monjes anhelan experimentar a Dios, ser uno con El, vivir en Dios la consumación de todos los anhelos. Dios es para ellos la realidad por excelencia. Por amor a Dios abandonan el mundo, por amor a Dios emprenden la lucha. Evidentemente han gustado a Dios y por eso no descansan hasta haberlo encontrado.
Un patriarca compara a un monje con un perro que tiene en su boca el gusto de la liebre y por eso no descansa hasta cazarla: "un monje debe observar los perros cuanzo cazan una liebre. Como sólo aqué que la ha avistado, la persigue; y los demás, al ver correr a ese perro, corren también detrás de él, pero cuando se cansan, regresan.
Sólo el primero que había visto realmente a la liebre, la persigue hasta atraparla; no se arredra, por el hecho de que los demás perros desistan de su carrera, ni vacila ante precipicios, bosques o matorrales, espinas ni heridas punzantes, hasta atrapar la liebre.
Así debe ser también el monje que busca a Cristo el Señor, ha de contemplar sin cesar la cruz y no reparar en todos los sinsabores que halle en su senda hasta alcanzar al crucificado" (Dichos de los Padres del Desierto).
La meta de la lucha, de la cacería, del camino, es Dios. Si como el perro lebrero, tenemos en nuestra boca el gusto de Dios, no nos dejaremos desalentar en nuestro camino espiritual, ni por contínuos conflictos dentro de la Iglesia o comunidades, ni por la depresión difusa que caracteriza a nuestra sociedad, ni por la secularización de nuestra época en la que a menudo se percibe muy poco a Dios.

lunes, 11 de agosto de 2014

ALGO SOBRE EL MIEDO A MORIR



        Quizá recuerdes aquella escena de la partida de ajedrez de la película "El séptimo sello", de Ingmar Bergman. Es la personificación de la Muerte, que juega con el hombre la partida decisiva. 
        Así, dramáticamente, como una lucha absurda y fatal contra un destino ciego, plantean algunos hombres su existencia, inmersa en una visión triste y angustiosa de la que no logran escapar. Cuando lo natural debiera ser asumir la muerte con serenidad, como una parte real y normal de la propia vida, como una certeza que nos lleva a redoblar nuestro esfuerzo para sacarle mayor partido a los años que nos quedan, esas personas se resisten a pensar en su origen y su destino. Han convertido la muerte en un tabú, en una cosa innombrable. 
         Hasta ahora, solo un verdadero sentido de la religión ha sido capaz de superar satisfactoriamente el temor a la muerte. El miedo a la muerte solo puede quedar contrapesado por la esperanza de una nueva vida. Para el creyente, la muerte es como tomarse una medicina amarga cuando uno está seguro de que con ella recobrará la salud.
         —Pero, aun teniendo eso claro, mucha gente tiene miedo a morir. ¿Por qué crees que resulta tan difícil aceptar la vida en el otro mundo?
        Es natural tener algo de miedo –o al menos respeto– a la muerte. Pero la muerte es algo natural (entre otras cosas, sería enormemente aburrido levantarse todas las mañanas, lavarse los dientes, vestirse y desayunar, milenio tras milenio). Podremos controlar nuestro miedo a la muerte cuando comprendamos que nuestra alma, nuestra verdadera esencia, jamás morirá.
 
        Cada minuto en esta vida es un paso a la eternidad, y si esa eternidad es el cielo, es un paso más hacia una bienaventuranza de dimensión tan extraordinaria que nadie sería capaz de describir.
 
 Así lo entendió finalmente –comentaba Martín Descalzo– aquella mujer afligida por el zarpazo de la muerte de unos seres queridos, cuando escuchó dentro de sí una voz que le decía: "Pero..., ¿ese es el modo que tú tienes de agradecer a Dios los padres y el hermano que disfrutaste durante tantos años?". Desde entonces esa señora hace regalos, en cada cumpleaños de los fallecidos, a instituciones de caridad.
        Hay una diferencia grande, de modo habitual, en la forma en que se recibe la muerte en familias sin fe y en familias con una verdadera fe. Un radical desgarro en unas, que contrasta con una honda serenidad en las otras. No saben cuánto pierden cuando pierden la fe. Si tuvieran fe -una fe hondamente vivida, se entiende-, en lugar de ver la muerte como el hoyo negro, fatal, donde toda vida humana se derriba y se hunde, como un final dramático de todo, la verían como el nacimiento a una nueva vida, como cuando la mariposa deja la crisálida de la que sale. El alma vive siempre y renace.
 
          La muerte es el máximo enigma de la vida. El hombre sufre con el dolor y la enfermedad, pero el máximo tormento es el temor por la desaparición perpetua. El hecho de la muerte aparece como un misterio ante el cual la imaginación del hombre sin fe naufraga por completo.
Dejáte amar por Dios y jamás dejes que te roben la esperanza ni la confianza en un Dios que te espera para confundirse contigo en un abrazo interminable.
Todos tendremos que atravesar el umbral que nos separa de la Felicidad Eterna y subir esa escala que nos lleve a El para siempre.
Dejáte abrazar por El ya aquí en la tierra prefigurando en la oración ese momento de unión sin fin.
 

sábado, 9 de agosto de 2014

NO DEJES DE ACUDIR AL AUXILIO DE MARIA

Poema tomado de la página de mi amigo, el Hermano Mario de Cristo Salvador. Fotos tomadas de la web.

«Si pretendes hallar a Dios propicio,

implora los auxilios de María;

porque es, para evitar el precipicio,

el norte más seguro que nos guía.

 

Es quien quebranta la cerviz al vicio,

es por quien el Señor tu gracia envía,

y, en fin, por quien dichoso el ser humano

tiene a Dios por amigo y por hermano.

 

Si con vehemencia la pasión te enoja,

si con rigor la tentación te oprime,

si cualquiera dolencia te congoja,

de María a las puertas llama y gime:

con fe tus males a sus pies arroja,

y a su piedad tu corazón se arrime;

que al devoto clamor de tu porfía

eco será el auxilio de María.

 

Si la Madre sintió llorar al Hijo,

luego previene el néctar de su pecho,

y en su regazo lo detiene fijo,

hasta que el niño queda satisfecho.

 

Aunque antes era esclavo, ya colijo

que me adoptas por hijo, sin despecho.

Eres mi Madre, tu piedad imploro;

dame tus pechos, porque humilde lloro».

 

De “Sermones de Taulero”
Reducidos a octavas reales por el P. Tomás de Magdalena

miércoles, 30 de julio de 2014

ESCUCHA...Reflexiones de las Buenas Nuevas Martes de la 17° Semana del Tiempo Ordinario Julio 29, 2014 En Memoria de Sta. Marta

Las hermanas Marta y María tuvieron dos formas diferentes de buscar la ayuda de Jesús. Marta era activa: le dijo a Jesús exactamente lo que quería de Él, qué mala situación debería ser corregida y quién debería ser sanado. Y María era contemplativa: ella escuchaba en silencio.
 
En una de las opciones para la lectura del Evangelio de hoy (Juan 11, 19-27), Jesús llega después que Lázaro había fallecido. Marta corre hacia Jesús para decirle en términos claros, que la vida de su hermano podría haberse salvado solamente si Él hubiera llegado antes. María, no obstante, se queda en la casa.
En la otra opción de la lectura del Evangelio de hoy (Lucas 10, 38-42), Marta es una buena anfitriona. Se preocupa de todo con amabilidad, un regalo para Jesús, mientras María se sienta a Sus pies para aprender de Él. Marta la hacendosa le dice que necesita ayuda y que María no está haciendo la parte que le corresponde.
Hablar con Dios sobre las injusticias, contarle nuestras necesidades, y pedirle Su ayuda es correcto y bueno. Pero cuando el pedido llega con la indirecta de que Dios no comprende la situación, estamos siendo ansiosos como Marta. Cuando pensamos que Dios se retrasa, no estamos confiando en Él.
Cuando oramos repetida y persistentemente en un creciente estado de preocupación, es tiempo de quedarse quieto y escuchar, como la tranquila María.

Fíjate en lo que Marta hizo después de hacer sus reclamos. Ella también escuchó. Y luego se dio cuenta que Jesús entendía más de la situación que ella.
Durante las oraciones de intercesión de la Misa, cuando decimos "Señor escucha nuestra oración", o "Escúchanos, Señor", me siento como si le dijera a Dios que escuche, como si Él no estuviera escuchando. En realidad, Él está tratando que yo escuche. 
 
Nunca deja de escuchar y preocuparse. Él conoce nuestras necesidades mucho antes de que comencemos a pedir. Necesitamos recordar que "Señor, escucha nuestra oración" realmente significa "Señor, recibe este regalo de oración. Gracias por escucharnos. Ayúdanos a escuchar Tu respuesta."
La ansiedad y la preocupación nos conducen a:
Dios aún no está convencido, por lo tanto debo seguir rogando, y si no actúa suficientemente rápido, epa, demasiado tarde, Lázaro murió." Observa la confianza que Jesús trataba de inculcar en Marta cuando llegó cuatro días tarde. Fíjate en la manera amorosa con que manejó su ansiedad, y míralo cómo te trata a ti de la misma manera.
¡Dios nunca llega tarde! Sus tiempos siempre son perfectos. Sus respuestas a nuestras oraciones son siempre qué y cuándo es mejor y más amoroso. Para calmarse y descansar en esta verdad, debemos quedarnos quietos y escuchar en clara conciencia de la bondad de Dios.

Silencio....... Quédate quieto........Escucha.......... ¡Él está aquí!...............

lunes, 28 de julio de 2014

Biblia, Diálogo vigente (El Miedo) CANAL 21

Queridos amigos:

Les comparto un video imperdible. Recuerden poner pausa en la música de fondo del blog para poder oir claramente este mensaje. 


lunes, 21 de julio de 2014

De “Nicodemo, el hagiorita” (1749–1809):

Otro Gran maestro de oración extraído de la filocalia (Amor por lo bello)
 
• De qué manera el espíritu entra en el corazón....El espíritu, una vez en el corazón, no se detenga solamente en la contemplación, sin hacer nada mas. Allí encontrará la razón, el verbo interior gracias al cual razonamos y componemos obras, juzgamos, examinamos y leemos libros íntegros en silencio, sin que nuestra boca profiera una palabra. Que vuestro espíritu entonces, habiendo encontrado el verbo interior, sólo le permita pronunciar la corta oración llamada monológica: «¡Señor Jesucristo, Hijo de Dios, tened piedad de mí!»
Pero esto no basta. Debéis además poner en movimiento la potencia volitiva de vuestra alma, en otros términos, decir esta oración con toda vuestra voluntad, con toda vuestra potencia, con todo vuestro amor. Mas claramente, que vuestro verbo interior aplique su atención, tanto con su vista mental como con su oído mental, a esas únicas palabras, y mejor aún, al sentido de las palabras.

 
 Así, permaneciendo sin imágenes ni figuras, sin imaginar ni pensar ninguna otra cosa, sensible o intelectual, exterior o interior, se producirá algo bueno. Pues Dios está mas allá de todo lo sensible y lo inteligible. Por lo tanto, el espíritu que quiere unirse a Dios por la oración debe salir de lo sensible y lo inteligible y trascenderlo para obtener la unión divina. De allí las palabras del divino Nilo (Evagrio): «En la oración, no te figures la divinidad, no dejes a tu espíritu sufrir la impronta de una forma cualquiera, permanece en cambio, inmaterial ante lo inmaterial, y tú comprenderás».
 
• Razones por las cuales se debe retener la respiración durante la oración. Dado que vuestro espíritu –el acto de vuestro espíritu tiene por costumbre extenderse y dispersarse sobre los objetos sensibles y exteriores al mundo, es necesario qué, al pronunciar esta santa oración, no respiréis continuamente como se acostumbra según la naturaleza.
Retened un poco vuestra respiración, hasta que vuestro verbo interior haya dicho una vez la oración. Entonces respirad según la enseñanza de los Padres.

viernes, 18 de julio de 2014

De “Nicéforo, el solitario” (segunda mitad del siglo XIII):

La enseñanza de un Gran Maestro de oración de la filocalia (amor por lo bello)
• Por tu parte, como te digo, siéntate, recoge tu espíritu e introdúcele –me refiero a tu espíritu – en tus narices; es el camino que toma el soplo para ir al corazón. Empújalo, fuérzalo a descender en tu corazón al mismo tiempo que el aire inspirado. Cuando esté allí, verás la alegría que seguirá: no tendrás que lamentar nada. Del mismo modo que el hombre que vuelve a su casa después de una ausencia no puede contener la alegría de reencontrar a su mujer y sus hijos, así el espíritu, cuando se ha unido al alma, desborda con una alegría y una delicia inefables.
 
Hermano mío, acostumbra entonces a tu espíritu a no apresurarse a salir. En los comienzos le faltará celo, es lo menos que se puede decir, para esta reclusión y este encierro interiores. Pero una vez que haya contraído el hábito, no experimentará ya ningún placer en los circuitos exteriores.
• Agradece a Dios si desde el principio puedes penetrar con el espíritu en el lugar del corazón que te he mostrado.
• Comprende que, mientras tu espíritu se encuentre allí no debes callarte ni permanecer ocioso.
 
Pero, no debes tener otra preocupación ni meditación que el grito de: «¡Señor Jesucristo, Hijo de Dios, tened piedad de mí!». Ninguna tregua, a ningún precio. Esta práctica, manteniendo tu espíritu al abrigo de las divagaciones, lo vuelve inexpugnable e inaccesible a las sugestiones del enemigo, y, cada día, lo eleva mas en el amor y en el deseo de Dios.
Pero si, hermano mío, a pesar de todos tus esfuerzos, no llegas a penetrar en las partes del corazón conforme a mis indicaciones, haz como te digo y, con la ayuda de Dios, alcanzarás tu objetivo. Sabes que la razón del hombre tiene su asiento en el pecho. En efecto, es en nuestro pecho donde hablamos, decidimos, componemos nuestros salmos y nuestras oraciones mientras nuestros labios permanecen mudos. Después de haber arrojado de esta razón todo pensamiento (tu puedes hacerlo, solo necesitas desearlo) entrégale el «¡Señor Jesucristo, tened piedad de mí!» y dedícate a gritar interiormente, con exclusión de cualquier otro pensamiento, esas palabras.
Cuando con el tiempo hayas dominado esa práctica, ella te abrirá la entrada del corazón tal como te lo he dicho y sin ninguna duda. Yo lo he experimentado en mi mismo. Con la alegría y toda la deseable atención tu verás venir a ti todo el coro de las virtudes, el amor, la alegría, la paz y todo lo demás. Gracias a ellas todas tus demandas serán acogidas en nuestro señor Jesucristo...